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La política del odio y el odio en la política

Enrique Laviada Cirerol –

El odio es un sentimiento devastador, algo que procede de las regiones más oscuras del alma y la mente, y cuyas consecuencias suelen ser sumamente negativas para las relaciones entre las personas, las familias o los grupos sociales.

El odio puede llegar a ser tan intenso como para causar un daño mayor, dividir salvajemente y alcanzar un nivel destructivo que solo puede identificarse con la maldad, ya sea en su forma sólida y visible, o peor aún, en su variedad oculta o en su expresión líquida (Zygmunt Bauman dixit).

El odio es una forma de reunir en un mismo frasco la antipatía, el resentimiento y la aversión por los otros, concentradas por así decirlo, independientemente de la causa que lo motive, pero bajo una misma fórmula peligrosa.

El odio tiene toda una tipología, sea por su sentido racial, étnico, religioso, ideológico, sexual o incluso por cuestiones de edad, compartiendo siempre la misma esencia nociva y perniciosa.

El odio provoca dolor, guerras, muerte.

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Su expresión más funesta la encontramos cuando se convierte en una forma de hacer política, es decir, en una forma de buscar o ejercer el poder, a lo que se ha dado en llamar la política de odio, y lamentablemente se extiende a vastas regiones del mundo y cruza fronteras y se infiltra en los partidos.

Ha sido López Obrador, en el caso de nuestro país, el indiscutido impulsor de la política del odio, con la que logró polarizar el ambiente nacional y que luego vinieran las mil y una batallas contra sus enemigos, reales o ficticios, eso no importa, a los cuales solo sería necesario aplastar, avasallar o de plano borrar del mapa.

Cuando escucho en las mañanas a Claudia Sheinbaum en sus peroratas contra el neoliberalismo, los conservadores, los editorialistas, la derecha, los medios de comunicación, la corona española, el tiempo pasado, la comida chatarra, los demás partidos o las bebidas azucaradas (sin saber exactamente de lo que está hablando), es entonces cuando me explico cómo la política del odio puede aplicarse de manera genérica e intercambiable a cualquier cosa o circunstancia y en modo hereditario.

La conversión del odio en un sistema o régimen político no requiere esfuerzos intelectuales, se funda en sentimientos, estados de ánimo, emociones sueltas o impulsos de antipatía, es decir, es la extensión de la política por medio de la propaganda que utiliza escasas palabras para fanatizar multitudes.

La política del odio termina, así, por ser un veneno mortal para la convivencia civilizada y para la democracia, alimentando rencores, disturbios, fatalidades y un encono improductivo.

El odio es fundamento del autoritarismo.

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Y cuando todo ello se vulgariza, el resultado es el odio en la política, como pasa entre clanes o familias, que incursionan en los asuntos públicos, y sucede que alguno de sus integrantes, seguramente movido por el recelo o las ansias de provocar un daño considerable a los otros, se cuela y escala.

A eso me refería en un texto anterior, por ejemplo, cuando aseguraba (lo sostengo) que Verónica Díaz ha encontrado en su odio hacia Ricardo Monreal (un odio grande, puro y genuino, dije) causa, motivo y razón suficientes para postularse a lo que sea, y que no requiera de mayor preparación para el cargo, cualquier cargo, al que ha llegado o al que busca llegar en el futuro inmediato (no es ironía).

Por eso les digo (pero no me hagan caso) que el odio en política lleva, invariablemente a la perdición, a desplegar otras muchas formas de odio hacia muchas otras personas, y no es difícil de imaginar que tan nocivo puede llegar ser, a menos que algo o alguien lo impida.

Por cierto, ese odio, puede encontrarse oculto detrás de una sonrisa de oreja a oreja, esto es, puede existir detrás de una máscara, como la que usa La Malvada (así le dicen) para hacer bailecillos, abrazar ancianas, besar niños o acariciar perros, al final sabemos, que todo proviene de las regiones oscuras del alma deesas personas que han decidido canalizar su odio mediante la política.

El odio puede llegar a ser muy vulgar.

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Acertijo

El equilibrio hace contraparte.