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13 de noviembre de 2025Los recuerdos
20 de noviembre de 2025Las redes, las calles y las urnas
Enrique Laviada Cirerol –
La marcha del pasado 15 de noviembre, convocada desde las redes sociales, saltó a la realidad de una vez por todas y con singular energía. Como se sabe, la arenga provino de quienes se identifican como integrantes de la Generación Z, influidos por las rebeliones en lugares tan remotos como Bangladesh, Nepal, Marruecos o Perú, donde sus protestas golpearon en la cara a los gobiernos autoritarios y generaron crisis políticas de grandes proporciones.
Estos movimientos responden a una inconformidad entre quienes son “nativos digitales” y no conocieron el mundo anterior al internet, sus causas genéricas son la libertad y la justicia, cohesionados por una identidad que adopta símbolos como la bandera de One Piece, en una resistencia compartida desde la conectividad de las nuevas y poderosas tecnologías.
Sin embargo, la fuerza que podría tener un llamado así, desde la generación Z, se puso en duda en nuestro país, no parecía tan descomunal como el de otros confines. La misma presidenta Sheinbaum nunca ha dejado de menospreciarlos y cuestionarlos repitiendo que se trata de bots o en todo caso de personas manipuladas por los partidos políticos, lo que indudablemente ha contribuido a encender los ánimos.
En México, además, esa rebeldía juvenil coincide con el artero asesinato de Carlos Manzo, el valiente alcalde de Uruapan, en Michoacán, convertido vertiginosamente en un símbolo ejemplar de lucha, en ese mismo espacio de las redes sociales, formando un mismo torrente de mensajes, códigos y símbolos propios de un ambiente de movilización en todo el país.
La reacción del oficialismo (no podías ser de otra manera) fue la puesta en funcionamiento de su gigantesco aparato profesional de propaganda, y a esas alturas, las redes sociales se convertirían en un auténtico campo de batalla donde se cruzaban millones de mensajes, por varios días consecutivos, cuyo tono e intensidad se escalaban y lo que seguía era tomar las calles.
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Y así fue. En un santiamén cientos de miles de personas se animaron a protestar de manera simultánea en más de cincuenta ciudades a lo largo y ancho del territorio nacional, la gente llegaba por su propio pie a los puntos de reunión, no había acarreos ni camiones pagados por los gobiernos, llegaban como hormigas, casi movidos por un instinto de sobrevivencia y un deseo de libertad.
Ahí estaban de pronto todos, juntos y revueltos en la indignación que produce el agobio, gente de todas las edades, orígenes sociales, compartiendo sus miedos y sus angustias. La misma compleja mezcla se podía ver en todas sus expresiones regionales. Ahí estaba el país que no quiere a los actuales gobernantes en todo su esplendor y magnífica diversidad. Muy encabronados con quienes prometieron cambiarlo todo y no han hecho nada más que repartir culpas y perfeccionar la corrupción.
Mientras que las bandas criminales hacen de las suyas impunemente.
En todas las marchas se pudo observar cómo, esas multitudes en su natural confluencia producían consignas, creaban su propia propaganda hecha a mano, portaban vestimentas distinguibles y narrativas dispersas y fobias compartidas, es decir, todo lo que espontáneamente sale de la voluntad colectiva y del apoyo mutuo.
Los contingentes se formaban en cada ciudad como iban llegando en completo desorden, sin lideres ni avanzadas o algún presídium por el cual pelear al estilo de la vieja política, los oradores se dirigían a una parte de la multitud desde cualquier improvisada tribuna, ahí estaban los ciudadanos que tomaban sus propias decisiones, gente amontonada caminando y gritando de manera desesperada.
Creo que esa gente marchaba con una sola idea en común, resumida en el repudio a Morena, convencidos de que la inseguridad ya es insoportable y que los gobernantes son parte del problema y no de la solución.
Las consignas en contra de Claudia Sheinbaum, la narco presidenta, resonaron así en todas las calles y en las principales plazas del país, señalándola abierta y directamente, ante los ojos del mundo.
Tal vez eso explique su respuesta represiva y su soberbia y su altanería, en particular frente a la marcha realizada en la capital del país. Nunca había yo visto tantas murallas de acero alrededor del Zócalo, ni convertido el Palacio Nacional en una guarida, tanta policía enfilada contra los manifestantes, es decir, un gobierno haciendo lo que mejor saben hacerlas dictaduras, sacar de la protesta un pretexto para amedrentar, dispersar y acallar. Igual que en 1968 o en 1971. Poco faltó, lo digo porque lo vi y los sentí en carne propia, para que el despotismo de Sheinbaum provocara una desgracia mayor o incluso una masacre.
Y no hubo que esperar más que a la mañanera siguiente, para constatar que la presidenta Sheinbaum, salida del movimiento estudiantil que distribuía volantes y tomaba las calles y se distinguía por su combatividad, se había convertido en una momia conservadora que intentaba resistir a la insurrección juvenil y el descontento social con burlas, órdenes de persecución y más amenazas de represión.
Somos invencibles, dijo, y entendimos que se refería a su padrino y a sus socios del narco, y a nadie más.
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En mi opinión hace falta mucho más que las manifestaciones para detener el destrozo institucional y moral de Morena. Se pueden derribar las vallas metálicas. Pero para derribar al gobierno es necesaria una rebelión que llegue a las urnas.
La defensa de la libertad y de la democracia solo puede tener éxito si agota los medios pacíficos y las vías legales y legítimas que pertenecen a los ciudadanos.
En alguna charla con amigos sobre las movilizaciones del #15N, he insistido en que pueden realizarse muchas marchas más, sin que eso afecte a los burócratas de Morena.
Se requieren muchos millones de votos en las elecciones próximas de mitad de mandato para hacerlos retroceder, para quitarles la mayoría en el Congreso y arrebatarles las principales gobernaturas que estarán en juego.
Y se puede. Claro que se puede.
Esa enorme movilización critica tiene que obligar a los partidos políticos de ayer, de hoy y de mañana a ponerse al servicio de la gente.
Y tendrán que venir nuevas figuras de asociación política como ha sucedido en otros países.
La división y el recelo entre los opositores y entre quienes disienten y entre quienes se rebelan y se manifiestan solo beneficia a los que detentan el poder.
Aquí y ahora no es relevante si eres de derecha o de izquierda, si eres católico o ateo, si eres empresario o empleado, si vienes del norte o del sur.
Lo que importa es que los de arriba (léase el narco gobierno) te están jodiendo por estar abajo y de rodillas.
La unidad de todos los aplastados es indispensable. Y en ese plano caben los opositores al régimen, junto a los movimientos sociales de nuevo tipo, y las expresiones más diversas y creativas de participación. Todos caben. La unidad es una condición indispensable para derrotar a la secta nefasta que se empeña en destruir lo que todos entendimos suficiente para lograr una convivencia armoniosa y para la defensa de la vida y de nuestras familias frente a la amenaza de los criminales.
Si alguien desea aplicar a lo que digo una lógica inversa, tan solo revise la obsesión de Sheinbaum y sus propagandistas por remitir la rebelión a las oficinas de los partidos, o culpar a Calderón y a la derecha, y a la marea rosa o a los misteriosos intereses extranjeros y a las conjuras y el complot de algunos empresarios o a los medios de comunicación y las redes sociales o a la mano negra, con tal de dividir al movimiento.
En suma: las redes son la plataforma, las calles el escenario y las urnas el destino final.
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Acertijo
Ya basta. Y basta es basta.
