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Enrique Laviada Cirerol –
Se ha dicho en corrillos políticos que solo hay algo peor que Morena, aunque parezca increíble, y se trata de la oposición política, extraviada, sin nada que ofrecer ante una verdadera encrucijada de la historia.
No creo que exista alguna duda acerca de las verdaderas intenciones del régimen actual, tan evidentes como nunca podían serlo, de tan evidentes que me parece hasta inútil repetirlo, pero, en fin, de que vamos a la dictadura, vamos.
Por más que la presidenta Claudia Sheinbaum se esfuerce en declarar, un día sí y otro también, que somos una democracia ejemplar, y México es casi el jardín del edén donde florecen las libertades, todo indica que sus palabras contienen ese peculiar sentido de la propaganda, esto es, el sentido contrario de las cosas que se suceden, una tras otra, para confirmar que estamos al borde de una dictadura.
Me refiero, particularmente, en estas líneas, al broche electoral, procesado a manos de Pablo Gómez, un estalinista salido del closet y dispuesto a la medida de las circunstancias para contradecir todo el discurso enarbolado por la izquierda, nomás, las últimas tres o cuatro décadas, en favor de reformas políticas progresivas.
Ahora, misteriosamente, resulta que para el camarada Gómez ya no es necesaria la representación proporcional, gracias a la cual, por cierto, él mismo ha sido legislador a lo largo de todo ese tiempo, convencido de que ha llegado el momento de imponer “su mayoría”, sobre cualquier criterio de entendimiento plural o de diálogo para buscar el consenso, tan entusiasmado como se encuentra por aplastar a los demás, ya que la aplanadora es ahora suya, o eso cree, sintiéndose útil en la vejez.
Para el comunista Gómez ha llegado, pues, la hora de eliminar a los adversarios, por lo pronto de la escena, de modo que la tarea consiste en erradicar a los otros, a efecto de permitir que la “transformación” despliegue todo su programa, sin las molestas interferencias que suelen causar las minorías.
Para algunos de sus críticos, este señor Gómez, es la negación de sí mismo, pero yo no lo veo así, más bien me parece que es la afirmación de una concepción similar a la que impusieron las burocracias de los países del extinto bloque socialista en la Europa del este, ahora sazonada con los menjurjes populistas.
Sin embargo, lo peor, en efecto, corre por cuenta de la oposición que viendo cómo se nos viene encima esa bestia autoritaria, se conforma con una especie de marginalismo político, desprovisto de imaginación y deseos sinceros de luchar por defender la democracia y las pocas libertades que nos quedan.
Sin autonomía del órgano electoral, sin posibilidad de equilibrio de poderes, sin transparencia, sin pluralidad, lo que sigue, al parecer, es sobrevivir entre ciudadanos, una defensa individual y el desconsuelo de cualquier alternativa colectiva.
Me refiero de ese modo a un periodo de retroceso, al parecer, inevitable, donde, por cierto, son los poderes fácticos los que se sobreponen a cualquier vestigio institucional.
Ante ello, la oposición se mira el ombligo, y busca afanosamente encontrar respuesta en sus tradiciones y en sus idearios y en sus pasajes memorables, sin pensar en que se requiere una convocatoria abierta al pensamiento y la renovación de las estrategias.
Insisto.
Mientras más dura se torna la dictadura, menos flexible se observa a la oposición, quizá entretenida con la tontería de volver alos orígenes o salvaguardar los llamados principios y aferrarse a las viejas formas de hacer política.
A ver.
Mientras el régimen anuncia, sin piedad, su intención de limitar las libertades, el PAN acude a la ideología de los valores y la familia y las buenas costumbres y otras ñoñerías, creyendo que con eso puede expandir su influencia desde ciertos sectores de la clase media, hacia la sociedad en su conjunto, inútilmente.
Su respuesta a los excesos populistas es, pues, ideológica, es decir, inútil, antipática y, además, aburrida. No atina el PAN a convertirse en una derecha sensata, sensible, creativa e inteligente, al menos al estilo Catillo Peraza, o algo similar, ya no digamos superior.
Esta derecha nuestra de cada día no parece dotada, entonces, de las necesarias virtudes lógicas que demanda la etapa actual de incertidumbre y de un vacío intelectual sin precedentes.
Concluyo.
Si el régimen de Morena es una calamidad, tenemos para su acompañamiento una oposición inoperante, lo que sin duda es algo peor, y sin remedio aparente.
Acertijo
Lo demás está por verse
