…Y a todo esto, ¿quién es el tal Ignacio Mier?
3 de febrero de 2026
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El ocaso del caudillo

Enrique Laviada Cirerol –

Me temo que muchos lectores, con solo leer el título de la columna de hoy, exclamaran: ¡Dios quiera! Otros, en cambio, pedirán que la boca se me haga chicharrón. Todo depende, lo entiendo, del lado en el que se encuentren, dentro de este polarizado ambiente nacional, en el que nos han metido, medio a la fuerza, y medio por merecido que lo teníamos.

Veamos.

Es larga la tradición del caudillaje en nuestro país, algunos lo remiten lejos, incluso, antes de la llegada de los españoles a estas tierras, la de los del Tlatoani, una voz náhuatl que significa “el que habla”, lo que, en estos tiempos de demagogos, parece aplicar sin mayores dificultades de traducción o interpretación.

Pero regresemos al principio.

Un caudillo es un jefe de tropa, al que sus soldados siguen de manera incondicional, casi se podría decir que ciegamente, y que suele no compartir ese poder con nadie, de lo que hemos tenido bastante en la historia nacional, diríase incluso que en demasía y demérito de una pobre democracia participativa.

La predominancia de esos personajes ha sido, en muchos casos de grandes proporciones reales, y en otros, francamente colocados en los linderos del mito o quizá la inventiva oficial, al grado de que, en cierto sentido, sigamos confundiendo los hechos con las ilusiones.

La verdad, en eso, como en otras muchas cosas más, estamos siempre medio perdidos de nosotros mismos.

……………………………….

El caso es que, a estas alturas, el país, sin que nadie se anime a dudarlo, sigue pendiendo de la voluntad de un solo hombre, encumbrado por los demás que no sabían muy bien lo que hacían, y repudiado por la otra parte, que tampoco sabe bien qué hacer con eso, y sucede para desgracia de todos.

Quizá mi opinión pueda parecer exagerada, o tal vez moleste, pero veo un sistema de partidos completamente desdibujado, una integridad institucional demolida, una pluralidad en tela de duda, una democracia en ruinas y mucha confusión a su alrededor.

Eso querría decir que, por primera vez, la consistente tradición caudillista mexicana, no tiene que preocuparse por algún contrapeso o contratiempo con el cual lidiar, y podría hablarse de un ambiente más que propicio, confortable.

Pero vamos a lo que sigue.

Acaso no existe, entonces, alguna salida, por tímida o tenue que sea, en un sentido civilizado a semejante situación, o es que nos encontramos ante toda una era de esa calamidad, se podría decir que debidamente asumida.

Puede ser.

…………………………..

Pero quisiera pedir la venia de los lectores (es un decir), para aventurarme con una última idea, en este breve espacio de reflexión, relativa al ocaso de los caudillos, a veces también ocasional e, inclusive, acaecido de manera temprana.

Me explico.

A poco más de una década de padecerlo (o disfrutarlo, según sea el caso), el dominio caudillista al que me refiero (no creo que sea necesario nombrarlo) podría tener su némesis (o sea su propio castigo fatal), nuevamente, a manos de sus tenebrosas y abundantes criaturas.

Semejante ocaso tendría, entonces, las peculiaridades de una tragedia en la que priva la confusión y es imposible remediarla, entre otras cosas porque el caudillo ha dejado de serlo en el sentido original, y se hunde en su misma desolación.

Hay un contexto.

Sucede que los caudillos deben asegurarse de que su poder sea inapelable en su entorno, es decir, que nada vaya contra de su esencia, a menos que esa misma condición le sea adversa en un sentido negativo.

En ese supuesto, el ocaso del caudillo sería producto de la inferioridad real del caudillismo que se propone ejercer, de modo que su autoridad termine cuestionada por intereses superiores, en este caso, debido a la naturaleza que se atribuye a esas criaturas, ya no política, sino delincuencial, o en todo caso a una perniciosa mezcla de amabas.

De ese modo, lo que antes fue fortaleza, se convierte en debilidad visible, y todo lo que le rodea empieza a caer, como es costumbre ilustrarlo, al igual que un castillo de naipes.

Sin remedio.

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Acertijo

Mejor alumbra la imperfecta lámpara.