
Nada como la libertad
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24 de agosto de 2025Charles Bukowski – No lo intentes

Enrique Laviada Cirerol –
Aquí tenemos para ustedes a Henry Chinaski, es él quien declara,
con el debido desparpajo:
“Cuando estuve de vuelta en Los Ángeles encontré un hotel barato
justo al lado de Hoover Street, y una vez allí me quedé en la cama y
bebí. Estuve bebiendo durante un tiempo, tres o cuatro días. No
conseguí levantarme para leer las ofertas de trabajo. La ide de
sentarme frente de un hombre sentado detrás de un escritorio y
contarle que deseaba trabajo, que estaba capacitado para hacer ese
trabajo, era demasiado para mí. Francamente, estaba horrorizado de
la vida, de todo lo que un hombre tenía que hacer sólo para comer,
dormir y poder vestirse. Así que me quedaba en la cama y bebía.
Mientras bebías, el mundo seguía allí afuera, pero por el momento
no te tenía agarrado por la garganta”.
Eso es todo. Un hombre que vive en un mundo sórdido. La gran
selva urbana que se extiende poblada de seres incomprendidos y con
una actitud incomprensible. Es el mundo de los borrachos, las
prostitutas, los desempleados, los vagos y los desheredados de
cualquier procedencia, solos y esperando encontrarse entre ellos de
alguna manera. Es la calle, y ellos son como perros callejeros. Es
todo.
Pero su vida está expuesta, la culpa es del escritor, que lo hace con el
suficiente sentido del humor que no es en vano, sino tan necesario
como para prendarse de sus libros. Charles Bucowski tiene la virtud
-como ha dicho uno de sus editores-, de “mezclar un puñado de
hojas de afeitar con unos cuantos litros de vino barato y unas gotas
de ironía”, para tomarnos por el cuello hasta terminar de leer sus
historias.
Bukowuiski fue, quizá, el último de los escritores llamados
“malditos” que llenaron las letras norteamericanas con su aguda
observación de una sociedad llena de lunáticos dispuestos a hacer lo
que sea con tal de ser felices en medio de la más tenebrosa suerte. Es
el destino que corresponde a los sectores “bajos” de un país soberbio
y encadenado por siempre a su delirio de superioridad. Sea por
razones de raza o religiosas, económicas o militares. Ahí están.
Todos destinados a sufrir como nadie en el mundo.
Tengo en mi haber seis novelas imperdibles del autor: Cartero,
Factótum, Mujeres, Pulp y, desde luego, La senda del perdedor.
También me acompañan, desde hace años, casi una decena de libros
que contiene ácidos relatos como: Erecciones, eyaculaciones,
exhibiciones, Escritos de un viejo indecente, se busca una mujer,
Música de cañerías y Las campanas no doblan por ti, entre otros.
Pero en especial conservo El capitán salió a comer y los marineros
tomaron el barco, en una magnífica edición de Anagrama, ilustrado
genialmente por Robert Crumb. Este último es un diario escrito por
día y hora, que vio la luz como una publicación póstuma y que
contiene relatos autobiográficos, en los cuales, con una breve
mordacidad, nos habla el Bukovski viejo, sintiéndose viejo, y ya
muy cerca de la muerte: “Llegué a casa, me di un baño en la piscina,
luego me metí en el jacuzzi. Mi alma está en peligro. Siempre lo ha
estado”, comienza diciendo. Su amargura no podía ser otra: “el
mejor lector y el mejor ser humano son los que me recompensan con
su ausencia”.
Ya cerca del final nos dice: “lo terrible no es la muerte, sino las
vidas que la gente vive o no vive hasta su muerte”. La mayoría de la
gente no está preparada para la muerte –afirma-, ni para la suya ni
para la de nadie más, les aterra, es una gran sorpresa. En cambio “yo
llevo la muerte en el bolsillo izquierdo”, dice. A veces la saco y
hablo con ella “Hola, nena, ¿qué tal? ¿Cuándo vienes por mi? Estaré
preparado”. Cuando escribo esto, insiste, “saco la muerte de mi
bolsillo izquierdo, la lanzo contra la pared y la agarro cuando
rebota”. Sin embargo, más adelante, se lamenta: ¿Por qué tuve que
cumplir 51 años antes de poder pagar el alquiler con lo que
escribía?”, eso pesa, mucho más que la muerte, estuviese o no en su
bolsillo izquierdo.
Henry Chinaski es el tipo que quiere ser escritor, cueste lo que
cueste, sumido en una sórdida desolación, saltando de un empleo a
otro, tratando con idiotas de toda clase, su doble obsesión es coger y
escribir, emborrachándose, cada vez, hasta el extremo de una
melancolía que deja a cualquiera suficientemente sorprendido acera
de cómo, esa existencia, es capaz de doblegar el alma humana. Así
es como va y bien de todas partes.
Chinaski reconoce que Miami era lo más lejos que podía ir, sin
abandonar el país. De modo que salió hacia allá. “Llevé un libro de
Henry Miller conmigo -confiesa-, “un escritor que era bueno cuando
era bueno, y viceversa”, se burla, sin piedad. “Acabé con una
botella de whisky, luego otra, y otra. El viaje duró cuatro días y
cinco noches, y aparte de un fallido flirteo con una jovencita de buen
ver, no hubo nada interesante.” Así transcurre.
No obstante, el fracaso en su vida ocurre siempre: “Darlene se
acarició las tetas, enseñándonoslas”. Ahí esta otra vez Chinaski,
pasmado, ridículamente contemplativo, apoltronado en un
prostíbulo, tal vez perdido, cuando dice: “Entonces, Darlene se giró
rápidamente y agitó su esplendido trasero delante de nosotros (…)
Los focos temblaban intermitentes en el paroxismo, danzando como
astros desorbitados. La banda tocaba una música frenética,
desenfrenada. Darlene vibraba como una poseída. Se quitó la
braguita enjoyada. Yo miré, todos miraron. Pudimos ver los pelos de
su coño a través de la braga de malla color carne. La banda estaba
sacudiendo de verdad, sus nalgas parecían el corazón vivo del
mundo. Y a mi no se me pudo poner dura”. Era el final, el fracaso,
como todo en la vida.
El alcoholismo de Bukowski no es una tragedia, sino más bien una
circunstancia, él está ahí, ahogado en alcohol, ¿de qué otra forma
podría estarlo? Es un decadente, un apasionado indecente. Un tipo
que escribe, con una botella de cerveza o de vino en las manos,
embriagadoras historias acerca de la pobreza y el odio a la sociedad,
pero también sobre el amor inconmensurable. Para regresar a los
pensamientos más sucios y el sexo como una droga a la que es
imposible renunciar. “Si eres un fracasado, muy probablemente seas
un excelente escritor”, decía. Es la voz del borracho empedernido,
comido en la cara por un acné miserable, es el poeta que bebe en una
entrevista televisiva sin el más mínimo recato, ¿por qué habría de
tenerlo? Bukovski se revela en sus reflexiones con absoluta
sinceridad “hay algo en mi descontrolado, pienso demasiado en el
sexo –escribió-, cuando veo una mujer me la imagino siempre en la
cama conmigo”. El escritor es en vida una leyenda, lo acosan sus
fanáticos, en verdad, lo buscan las mujeres. Se rodea de todo cuanto
le embriaga. Su obra pue resultar fascinante o abominable, no hay
medias tintas. Las reservas morales no están en sus anaqueles. Su
idioma original es el inglés callejero que se habla, principalmente,
en Los Ángeles, para él las pretensiones esteticistas están
descartadas. Su paso por el servicio postal como empleado de a pie,
le permitió vagar, conocer, olfatear por las calles de la ciudad. Casi
toda su vida escribió por las noches en una vieja máquina mecánica,
fue hasta sus últimos años de vejez cuando conoció la computadora
y su mágico uso dentro del oficio, lo que puede disfrutarse en varios
episodios de El capitán salió a comer… Pero, al término, Bucowski
no solo es un tipo melancólico, alcohólico y coloquial, también suele
reflexionar en profundidades frecuentemente bien aderezadas con
ironía o fanfarronería. Lee y escribe. Apuesta a los caballos, pero no
sufre ninguna clase de tragedia parecida a la de aquellos ludópatas
trágicos de la órbita Dostoyevski. En el hipódromo se divierte, bebe,
fisgonea, trata de ligar y de regreso a casa escribe.
Va uno de sus poemas:
¿Así que quieres ser escritor?
Si no te sale ardiendo de dentro,
A pesar de todo,
no lo hagas.
A no ser que salga espontáneamente de
tu corazón
y de tu mente y de tu boca
y de tus tripas,
no lo hagas.
Si tienes que sentarte durante horas
con la mirada fija en la pantalla del
computador
o clavado en tu máquina de escribir
buscando palabras,
no lo hagas.
Si lo haces por dinero o fama,
no lo hagas.
Si lo haces porque quieres mujeres en
tu cama,
no lo hagas.
Si tienes que sentarte
y reescribirlo una y otra vez,
no lo hagas.
Si te cansa solo pensar en hacerlo,
no lo hagas.
Si estás intentando escribir
como cualquier otro, olvídalo.
Si tienes que esperar a que salga
rugiendo de ti,
espera pacientemente.
Si nunca sale rugiendo de ti, haz otra
cosa.
Si primero tienes que leerlo a tu esposa
o a tu novia o a tu novio
o a tus padres o a cualquiera,
no estás preparado.
No seas como tantos escritores,
no seas como tantos miles de
personas que se llaman a sí mismos
escritores,
no seas soso y aburrido y pretencioso,
no te consumas en tu amor propio.
Las bibliotecas del mundo
bostezan hasta dormirse
con esa gente.
No seas uno de ellos.
No lo hagas.
A no ser que salga de tu alma
como un cohete,
a no ser que quedarte quieto
pudiera llevarte a la locura,
al suicidio o al asesinato,
no lo hagas.
A no ser que el sol dentro de ti
esté quemando tus tripas, no lo hagas.
Cuando sea verdaderamente el
momento,
y si has sido elegido,
sucederá por sí solo y
seguirá sucediendo hasta que mueras
o hasta que muera en ti.
No hay otro camino.
Y nunca lo hubo.
Resulta que ese viejo indecente de Henry Chinaski, a los cincuenta
años, se encuentra inflado por su reputación como escritor, lo rodean
las más bellas mujeres, se deleita con el éxito, y emprende un
verdadero suplico del placer. ¡Oh, las mujeres! Aparecen por todas
partes, lo buscan para cambiar opiniones, le hablan por el teléfono
para invitarlo a salir, le escriben notas candentes, se le insinúan a
cada paso. En medio de interminables borracheras se solaza en su
procacidad y en su sarcasmo inagotable. Escribe un libro mientras
agota los tragos y se agota en un mecanismo infernal que le permite
seguir viviendo. Chinaski las quiere a todas. Quizá por eso se
entrega con tanta pasión a su propio dolor.
Hablas mucho de la bebida en tus libros, inquieren a Chinaski.
¿Crees que beber ayuda a la gente a escribir? No, claro que no, les
responde. “Yo solo soy un alcohólico que se hizo escritor para poder
quedarme en la cama hasta el mediodía”. Pronto pudo convencer a
Sara de olvidarse de ese y otro idiotas que merodeaban con
preguntas inusuales: “Nos besamos en la oscuridad. Yo de cualquier
manera era un chiflado de los besos, y Sara era una de las mejores
besuconas que había conocido nunca (…) Sara tenía mi polla en su
mano, jugando con ella, frotándola. Luego la apretó contra su coño
(…) estaba obedeciendo a su Dios…”
Me acuerdo de una época, dice Bucowski, en la que me metía en un
bar desde las cinco de la mañana hasta las dos de la mañana del día
siguiente. No se detiene para hablar de los demás: “A Dostoyevski
lo veo como un individuo al que le excitaban las niñas pequeñas. A
Faulkner lo veo envuelto en una luz difusa, como un chiflado y un
tipo con mal aliento. A Gorki lo veo como un borracho escurridizo.
A Tolstoi, como un hombre que agarraba berrinches por nada. Veo a
Hemingway como un individuo que practicaba ballet a escondidas.
Vo a Céline como un individuo que tenía problemas para dormir.
Veo a e. e. cummings como un gran jugador de billar. Podría seguir
y seguir, dice. Pensar en ellos era mejor que leerlos. Como a D. H.
Lawrence. Que hombrecillo más perverso (…) Y Aldous
Huxley…capacidad cerebral de sobra. Sabía tanto que le entraban
dolores de cabeza”. El caso es que no pude matarse bebiendo, es el
apesadumbrado, el viejo Bukowski, que estuvo a punto, pero no lo
hizo. “Ahora me toca vivir, -dice- con lo que me queda (…) hace
tres noches que no escribo, debo estar loco. Tenía que ser un
escritor, y para eso hubo un tiempo en el que era necesario beber
mucho, beber hasta la locura”.
Bukowski necesitaba meterse en problemas, pelar como si fuera un
boxeador, acercarse tan peligrosamente como fuese posible a las
mujeres, pero nunca teniéndose en serio por nada: “la especie
humana lo exagera todo: a sus héroes, a sus enemigos, su
importancia”. Maldita especie humana. “Yo no tengo nada que ver,
con quien lee lo que escribo”. Está por concluir el gastado truco del
tiempo. No queda mucho. Ya sopla la brisa refrescante. Es hora de
beber una cerveza, olvidémoslo todo.
El escritor murió, finalmente, el 9 de marzo de 1994, a los 73 años,
de leucemia, en San Pedro, California, poco después de ver
publicada su última novela Pulp, su verdadero nombre era Heinrich
Karl Bukowski, se llevó a la tumba todo, todo lo que no era mucho
en realidad, ni muy importante, lo demás, lo dejó escrito. En su
lápida se puede leer: Don’t try.