Malcolm Lowry – Fatal y entrañable

Después de mentir…
25 de agosto de 2025
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Malcolm Lowry – Fatal y entrañable


Enrique Laviada Cirerol –

Su obra es así, fatal y entrañable, como ha sido cuidadosamente planteado por el autor de Bajo el volcán, como quizá lo somos todos en cierto sentido, como Quauhnáhuac, fatal y entrañable, como el delirio que provoca el mezcal, entre ellos y nosotros, igual que entre Hugh y el Cónsul o Lawrelle e Ivonne, sus personajes principales, como el amor de los dos volcanes, como un gemido que proviene de la luz y del infierno, la melancolía y el sueño: fatal y entrañable.

Lowry nació en Wallasey, Inglaterra, un 28 de julio de 1909. Como muchos otros escritores, realizó estudios formales a saltos y tumbos, y prefirió viajar por el mundo durante su juventud, hasta asentarse en Canadá, donde pudo dedicarse a escribir de manera fructífera, aunque lo siguió haciendo en muchas partes: París, Nueva York, Canadá, Italia. Sin embargo, fue en México donde encontró la inspiración que le llevaría a trabajar, casi demencialmente, para terminar de escribir Bajo el volcán y, por si fuera poco, definir el rumbo de su propia vida.

En un magnifico ensayo sobre la vida del escritor, realizado por Hernán Lara Zavala para la revista Letras Libres en 2007, nos revela la coincidencia de sus biógrafos respecto de cuán compleja, autodestructiva, errática, azarosa, caótica e intensa, pero sobre todo trágica, fue la vid de Malcolm Lowry.Su padre, Arthur, era un próspero comerciante y un áspero puritano, integrante de la iglesia metodista, que abominaba el alcohol, sin sospechar que su hijo había decidido convertirse en borracho para contrariarlo de manera infantil y secretamente, montado en una rebelión absurda ante el puritanismo paterno. La madre de Lowry, por su lado, siempre estuvo emocionalmente ausente, la figura materna fue siempre el amor que añoró y nunca tuvo, lo que dibujaba un cuadro de ausencia que, finalmente, se completó al ingresar en un internado, alejándose para siempre de lo que quedaba de su familia. Se dice que jamás pudo encontrar padres sustitutos para aliviar esa ausencia sentimental, a pesar de que toda su vida confundiera los paliativos a su tristeza, con la cura que deseaba obtener en las personas que le rodearon.

Hasta que conoció a Conrad Aiken, un reputado autor con varios libros publicados, amigo cercano de T. S Eliot, que le doblaba la edad y le aceptó como pupilo. Se produjo desde entonces entre ellos, una relación que pronto se convertiría en una arraigada amistad que duró hasta el final de su vida.Aiken sería lo más parecido a la imagen paterna, pero confundida con la del colega y el cómplice. Su amigo era un verdadero“ángel sombrío” que había sido expulsado de Harvard por su conducta inmoral y su hábito de frecuentar prostíbulos, un bebedor compulsivo que le vendría a modo para sus continuas andanzas. Ambos experimentaron una simbiosis un tanto enfermiza e impregnada en alcohol que llegó al extremo del plagio, cometido fanfarronamente entre ambos.

La otra figura inspiradora de Lowry provino del escritor noruego Nordhal Grieg, de quien obtuvo lucidez y experiencia para conferirle personalidad propia e imaginación compartidas genuinamente, fue algo así como su “ángel luminoso”, determinante en su obra, aunque no tanto en su vida. Como en el caso de otros escritores de la época, resulta evidente, también, la influencia de Joyce en su creación literaria, sin duda.

Yo también, como Lara Zavala, me declaro en favor de la perfección de la obra, ya que Bajo el volcán es en efecto una novela que logra ser inmensamente dolorosa y que nos coloca al pie de nosotros mismos y al borde de nuestro intimo Quauhnáhuac, en la lucha del hombre con su propia naturaleza, entre Goethe y la Antígona, en medio del amor imposible, la soledad etílica, y esa extraña condena que significa vivir en un mundo que suprime el Edén y, frecuentemente, se parece mucho más al infierno.

Es bien sabido que Lowry escribió su obra mientras era presa de los efectos devastadores del alcohol. La bebida, en su caso, no es un acompañante, ni un precursor, sino una deidad a la cual es menester venerar apasionadamente. Parecería difícil encontrar los momentos en los que se encontraba medianamente sobrio, como para revisar su trabajo. A estas alturas, releer Bajo el volcán, en efecto, como bien lo apunta Julián Herbert en el prólogo a la magnífica traducción hecha por la editorial Contemporánea, significa “…volver a la habitación del monstruo original (…) Aceptar que la vida es una cárcel más horrenda y majestuosa que mi comprensión o mi voluntad”. 

Fatal y entrañable, agregaría. Lowry, a diferencia de otros escritores alcohólicos, era dipsómano, es decir, padecía un trastorno caracterizado por el impulso incontrolable de consumir grandes cantidades de alcohol. Aunque esa descripción ha tenido distintas interpretaciones médicas y su uso puede ser motivo de intrincados debates entre especialistas, lo cierto es que esa compulsión se recrea en sus manifestaciones cíclicas, hasta convertirse en una fatalidad, con su correspondencia de culpa y vergüenza, y atraviesa a las personas con efectos fulminantes.

Quauhnáhuac, dice Lowry al inicio de su libro, tiene dieciocho ilesisas y cincuenta y siete cantinas. Su majestuosidad invita a experimentar lo fantástico, a estar perfectamente borracho, a imaginar en la penumbra, festejar a la muerte, atestiguar la caída de Fausto, la fascinación por el miedo, el ritual, la locura que produce una copa, dice: “Enfermizo, tétrico, con sabor a éter, al principio el mezcal no produjo calor alguno en su estómago, sino (…) un frío, una sensación de frescura”. El escritor se encuentra con un lugar mágico y con bebidas espirituales, el pulque y el mezcal, que hacen volar la mente. Este era el lugar que amaba. Estaba a salvo. Era el refugio o el paraíso de su desesperación. Un espacio lleno de colores, aromas, sensaciones. El lugar exacto en donde se puede situar el drama referente a la lucha de un hombre en medio de las potencias representadas por la luz y la oscuridad. México es paradisiaco y al mismo tiempo infernal. Es el lento, melancólico y trágico ritmo de México, dice. Y el mezcal es una bebida infernal, pero es, no obstante, una bebida que se adquiere en el sentido de una adopción voluntaria y trágica. Pero Lowry no entrega guirnaldas al pie del potro de la tortura, sólo sucumbe al efecto del mezcal. Se hunde. Sin ofrecer más tributo que la narración de su encuentro: la botella de mezcal resplandece en su alma. Es todo.

Malcolm Lowry era una persona que padecía alucinaciones, perdía papeles, extraviaba su pasaporte, era arrestado o expulsado y padeció lesiones toda su vida. Nadie duda de que lo acompañaba la mala suerte. Se podía comportar como una víctima o dar miedo con su ira. Bajo el volcán es una expresión caótica de esa personalidad. Un torrente de palabras cuyo significado remite a la lucidez y a todo lo contrario en una misma secuencia lógica. El éxito, escribió alguna vez Lowry, es como un terrible desastre, peor que una casa ardiendo mientras tú sigues ahí, como un testigo desesperado de tu condenación. Es la búsqueda de lo más alto, en lo más bajo. Visones y pesadillas. Sin tiempo para pensar -escribió- la única esperanza es el próximo trago.

Por pura casualidad, me encontré un texto de José Emilio pacheco sobre Lowry, donde afirma que era un niño obeso, víctima de un accidente que casi lo deja ciego, y que era objeto de constantes burlas de sus compañeros de escuela. Pudo escribir Bajo el volcán, dice, gracias a una modesta mensualidad enviada por su familia, lo que contribuyó a hacerlo dependiente y un tipo totalmente inepto para la vida cotidiana, y lo poco que recibía lo destinaba a comprar mezcal. Toda la obra de Malcolm Lowry, insiste, es un libro abierto acerca de la batalla perdida contra el alcohol, la dificultad para amar y la desmedida pasión por escribir. 

Por cierto, no puedo omitir que, en la excelente versión hecha por la casa editorial Contemporánea, se incluye un apéndice que contiene una larga carta que Malcolm Lowry envió a Jonathan Cape (su editor) en respuesta al rechazo y la crítica que realizaron los lectores designados para revisar Bajo el volcán. Este texto no solo revela, se dice, el genio del autor, sino sus motivaciones literarias y sus opiniones acerca de la obra de otros grandes escritores en lengua inglesa. Esta carta es, sin duda, una pieza formidable en la que Lowry defiende su trabajo y logra persuadir al editor para publicarla tal cual llegó a sus manos. Uno de sus biógrafos, Gordon Bowker, la definió como “la carta más sutil y reveladora jamás escrita por un autor en lengua inglesa sobre su propio trabajo de escritura”. De ahí extraigo una de sus partes en la que Lowry dice: “… yo no estoy hablando de buen vino, sino de mezcal, y además del anuncio, una vez en el interior de la cantina, el mezcal para poder beberse necesita sal y limón, y tal vez uno no lo bebería si no tuviera una botella tan seductora…” A mí, la carta me ha parecido, al tiempo que una disertación elocuente y dotada de conocimiento sobre el arte y la literatura, una reacción inconfundible de la resaca que produce beber en el exceso que obliga a dar explicaciones y justificar cualquier cosa, por grandiosa o deleznable que pueda resultar, la culpa de escribir convertida en súplica y alegato, todo en un caos explicable.

En 1957, cuando la dipsomanía ya completaba su proceso destructivo, después de un pleito conyugal, Lowry se mató tomándose una botella de ginebra, junto con un montón de somníferos, al parecer, tras haberse ahogado con su propio vómito. Un fallecimiento por desventura.

Su segunda esposa, la abnegada Margerie Bonner, publicó después de su fallecimiento el libro en ciernes Piedra angular en TheParis Review (1963),que en los planes del escritor formaría parte de Lunar caustic y su inconcluso proyecto El Viaje interminable, cuyo principal protagonista es un dipsómano pianista de jazz que se encuentra al borde del abismo, -¿podría ser de otra forma?-, llegado de Inglaterra a Nueva York, un borracho que padece su auto condena, cínico consigo mismo, convencido de que el camino del exceso conduce al Palacio de la Sabiduría, y con toda seguridad a la tumba. La misma suerte, fatal y entrañable. Al pie de sí mismo. Tan perdido como solo puede estarlo alguien que se encuentra atrapado en una botella licor, quizá bajo un volcán, o en cualquier otra parte. Ardiendo por dentro.