Fiódor Dostoyevski -Un caudal de sufrimiento

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Fiódor Dostoyevski -Un caudal de sufrimiento


Enrique Laviada Cirerol –

Nadie como Dostoyevski para adentrarse en la miseria humana, por
ello ha sido el inspirador de corrientes del pensamiento, la literatura,
la filosofía, el derecho, la política y, desde luego, la psicología, sin
que ninguna de estas disciplinas se sienta en condiciones de acaparar
su legado.
Sus obras, podrían catalogarse como un compendio del sufrimiento
humano, y todas las contrapartes posibles de una felicidad que puede
soñarse o desearse intensamente, tan cercana o distante como lo
encarnan cada uno de sus personajes, y han inspirado a distintos
autores como Kafka, Joyce, Faulkner, Nietzsche, Sartre, Camus,
entre otros.
La profunda exploración de los sentimientos individuales, y las
injusticias sociales, o la mirada crítica de una época, y la existencia
misma, el albedrío bajo presión, la muerte inevitable, el amor o el
desprecio, componen el universo literario de Dostoyevski, pero
también corresponden a la dimensión de lo personal, lo íntimo y lo
que es propio de la vida del autor.
Es él ante los demás, y ante sí mismo, al tiempo que sufre, escribe, y
es así cómo se acerca a quienes sufren.
En cada pagina de Crimen y castigo (1866), para muchos su obra
maestra, puede sentirse ese sufrimiento, en tanto hace a la naturaleza
del ser humano. Su protagonista, Rodión Raskólnikov, nos conduce
por los caminos de la esencial ambivalencia de la vida y de la
muerte, su personaje es un hombre con una mente brillante y, a la
vez, perturbada, una síntesis de la maldad y la bondad, contenidas en el mismo ser, es la historia de quien decide cometer un artero
asesinato, atormentado por los miedos, preso de la ansiedad y la
depresión, y luego agobiado por el remordimiento, un personaje que
nos causa horror, al mismo tiempo que nos conmueve, mientras
clama por el perdón y la redención.
En la biografía de Dostoyevski aparece con un significado
especialmente dramático, la historia de la muerte de su padre, Mijaíl
Andréievich, un hombre lujurioso y cruel, con un temperamento
severo y frecuentemente irascible, extremadamente religioso,
empeñado en la enseñanza de sus hijos de acuerdo con el estilo de la
iglesia ortodoxa rusa, caracterizada por el miedo, la rigidez y la
obediencia. Según algunas versiones biográficas, el padre de
Dostoyevski era temido por maltratar a los siervos que le habían
sido encomendados, sumido como se encontraba en el delirio del
alcohol, cuando un día, cansados de los abusos que padecían, esos
mismos siervos le inmovilizaron y obligaron a beber vodka hasta
verlo morir ahogado, en un acto cargado de misterio y simbolismo.
Sin embargo, de una manera quizá incomprensible, Fiódor, es el hijo
del padre alcohólico que cae en el mismo abismo, como si
estuviéramos hablando de una fatalidad. El alcohol le sirve para
ocultar o soportar el dolor del deseo parricida, en un círculo infernal
que nutre su creación literaria. El vodka corre por las venas del
escritor y por la de sus personajes y por la de su padre y por las de
sus libros como un río poderoso y explica su magnificencia. El
alcohol deja de ser un compañero o un ingrediente o un impulsor
para convertirse en parte de la vida misma, tan soberbia o trágica
como pudiera llegar a ser. En Rusia, el vodka no es simplemente una
bebida, sino un elemento arraigado profundamente en su cultura y
en su historia, un remedio y una moneda de cambio. Es un símbolo y
una cruz. Un motivo de resistencia y una causa de perdición. Es el
diminutivo en ruso del agua. Se bebe, se asume y deja un caudal de
sufrimiento.

En palabras de Sigmund Freud, pueden distinguirse en la
personalidad de Dostoyevski, cuatro facetas: “la del poeta, el
neurótico, el moralista y el pecador”, sin que podamos encontrar
soluciones fáciles, en esta intrincada combinación. Al contrario, y
para ir más lejos, lo cierto es que suelen confundirse muchas cosas
entre Freud y Dostoyevski, por ejemplo: la vocación del médico y la
del escritor, las materias del psicoanálisis y las de la literatura,
siempre chocando en un torrente de teorías acerca de la influencia
mutua de sus obras y la suerte que les depararía el destino en la
historia del pensamiento. En Los hermanos Karamazov (1880),
Dostoyevski explora la relación que existe entre los imperativos
morales y los instintos primitivos, su obra contiene un auténtico
tratado acerca de las profundidades de la condición humana y su
relación con lo divino: si dios no existe, todo está permitido.
Mientras más tarde, en su larga disertación Dostoyevski y el
parricidio (1928), S. Freud busca afanosamente separarse del
moralismo, para encontrar la explicación racional al delirio y a los
impulsos primitivos: el análisis del deseo y la culpa como forma de
liberación, colocando así una pieza fundamental en la estructura
conceptual del psicoanálisis.
No puede dejarse de lado que, además, dentro de las patologías que
unen al escritor con el análisis psicológico, se encuentra su adicción
al juego. Según se sabe, durante un viaje por Europa, Dostoyevski
adquirió una especie de pasión por la ruleta, unas cuantas monedas
le permitieron ganar en alguna ocasión mucho dinero, y sí fue como
quedó inoculado el veneno del juego en su vida: gana a veces, pero
pierde muchas más y termina arruinado y agobiado; la fe perdida en
el triunfo infinito lo lleva a una tragedia que, nuevamente, transfiere
a sus personajes en otra de sus obras, El jugador (1866), que fuera
dictada a su segunda esposa Anna Gringórievna, en un tiempo récor
de 26 días, debido a las presiones del compromiso contractual con
sus editores.

Fiódor Dostoyevski fue un hombre aferrado a la bebida y al juego y
al sufrimiento, que logró consumar una de las más colosales obras
literarias conocidas por la humanidad, juntos, el escritor y sus
creaturas suelen estar en la misma dimensión que advierte S. Zweig:
“hombres todos adultos, todos hombres hechos, que andan por el
mundo a tientas como los ciegos y tienen la torpeza de los
borrachos. Los vemos detenerse, mirar en derredor, hacer todo
género de preguntas, para aventurarse de nuevo, sin esperar
respuesta, hacia lo desconocido”. Lo vemos claramente en uno de
sus personajes cuando dice: “cuanto más bebo más sufro… la bebida
constituye ese refugio amargo en una existencia destrozada”. Es el
fuego del sufrimiento que inflama su época y su mundo, nos dice S.
Zweig, uno de sus más notables biógrafos, y agrega que quizá por
eso: “sus personajes son eternamente incompletos y, por lo tanto,
doblemente vivos”, en una sincronía fatal. Unidos indisolublemente
en un mismo caudal de sufrimiento.
Por su parte, Dostoyevski se pregunta:
“¿Qué puede ser para mi más fantástico e inesperado, y hasta más
inverosímil, que la realidad?”
Solo la imaginación del escritor puede desentrañar esa agonía de la
vida y el sueño irreparable del alma humana.
En una de las últimas frases que se atribuyen a Dostoyevski, nos
deja constancia de su apego espiritual al sufrimiento, siempre con el
dedo puesto en la llaga:
“No temáis a la vida. Solo el tormento nos hace amar la vida”.
La noche del 28 de enero del calendario juliano (9 de febrero del
calendario gregoriano) de 1881, muere Fiodor Dostoyevski, a los 59
años, a causa de una hemorragia pulmonar asociada a un enfisema y
complicada por uno más de los ataques epilépticos que tanto
minaron su salud a lo largo de toda su vida.

Tres días después, el féretro que contenía sus restos mortales fue
seguido por una multitud hasta el monasterio de Alexander Nevski,
en San Petersburgo, donde yacen desde entonces. El epitafio
grabado en su tumba dice:
“En verdad, en verdad os digo que si el grano de trigo no cae en la
tierra y muere, queda solo; pero si muere produce mucho fruto”.
Evangelio de San Juan 12:24”
Y que también, por cierto, sirvió de epígrafe a Los hermanos
Karamazov, como corresponde a las grandes citas o sentencias que
suelen preceder a las grandes obras.