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15 de agosto de 2025Marguerite Duras – Escribir como el viento

Enrique Laviada Cirerol –
Toca el turno a una mujer, autora compulsiva con más de cincuenta
libros publicados, dueña de su temperamento y de sus demonios,
escritora genial y alcohólica por derecho propio. Nació cerca de
Saigón y vivió con su madre en Vietnam donde conoció la crueldad
del colonialismo: “Viví ahí hasta los 17, dice, en la espesura” donde
mi madre, viuda, enseñaba en una escuela para nativos Hasta los 14,
hablaba en vietnamita tal vez mejor que en francés (…) éramos muy
pobres así que uno no podía sentirse completamente a gusto”. Su
padre era profesor de matemáticas y murió cuando Marguerite
apenas contaba con ocho años, lo que significó, en efecto, una
práctica condena al desamparo. Siendo muy joven huye de la
Indochina francesa, siempre rodeada de dolor íntimo y la sombra de
lo colectivo, con una sola idea en la mente: escribir, escribir…
Se traslada a Paris en 1932, igual que en una travesía por el brazo
del río Mekong, una aventura febril, a través de Vietnam, Laos,
Camboya, Tailandia, y al fin, dice: “Comencé a escribir a los 26, 27
años, un poco tarde. Pero no creo que haya una sola persona en el
mundo que no crea en su destino, aunque no lo diga”. La joven
Marguerite había decidido el suyo, y no tardaría mucho en ser la
escritora que conocemos, para dejar un maravilloso legado de
narrativa acerca del amor, la vida, el deseo, la soledad, la lucha y el
eros como partes fundamentales de la esencia humana.
Marguerite Duras era una mujer de pasiones que, sin dudarlo, se
unió al movimiento francés de la resistencia y, pronto, con mucho
entusiasmo se afilió en 1943 al Partido Comunista Francés (PCF).
Fue así como lo hizo, escribe su biógrafo Laure Adler, “porque era
el partido de la clase trabajadora, porque defendía a los pobres y
resistía ante las injusticias (…) Pero ella era un tipo particular de
comunista, una comunista eufórica, utópica e idealista”, agrega.
Para entonces, Marguerite compartía su vida con Robert Antelme
(su esposo) y Dionys Mascolo (su amante), ambos unidos a ella y,
por consecuencia, a sus causas. Sin embargo, pronto llegaría la
decepción más pavorosa: los juicios de Moscú y el dominio
aplastante y sangriento del estalinismo. Se sabe que, no obstante,
intentó permanecer en el partido para lograr una nueva definición
del comunismo que se acercase a la idea de libertad, a las distintas
dimensiones de lo afectivo, así, intentó una búsqueda espiritual,
inútilmente, pues todo terminó mal. Marguerite fue expulsada del
PCF en 1950, debido a su conducta “alcohólica, arrogante y
ninfómana”, acusada, además, de frecuentar a trotskistas como
David Rousset (también escritor y activista) y otros enemigos de la
clase obrera y la Unión Soviética”, según consta en los registros de
la época.
“No sé cómo me las arreglé para escribir”, declaró alguna vez. Algo
que en muchos momentos no tenía nada de alentador para una mujer.
En sus libros habla de eso, igual que la mujer que quiere ser
escritora, pero no sabe cómo hacerlo, ni cuándo. Mientras tanto,
mira a otra mujer, en este caso, Emily L., quien a su vez escribe
poemas y se preocupa hasta llegar a una especie de obsesión por el
poema que se ha perdido, el que realmente importa, y dice: “Ella
creía que cuando se escribían poemas en un país determinado muy
pronto se extendían a otras partes, propulsados por su mera
evidencia, su mera existencia, que rebasaba las distancias, los cielos,
los mares, los continentes, los regímenes políticos, las prohibiciones
(…) Que solo había un poema que lograr a través de todas las
lenguas y las civilizaciones”. Escribir como el viento.
A veces ocurre, soltaba al vuelo la Duras, que “de pronto pasa por ti
una historia, sin escritor que pueda escribirla, que tan solo pueda
verla, tenerla frente a sus ojos, tan nítida, eso es muy raro, pero
puede ocurrir, ocurre, y es maravilloso”. En su encantador ensayo
sobre el oficio de escribir, publicado por vez primera en 1993, Duras
dice: “La escritura llega como el viento, está desnuda, es la tinta, es
lo escrito, y pasa como nada pasa en la vida, nada, excepto eso, la
vida”. Escribir es lo único que llena la vida de Duras, su oficio se
entrelaza con los acontecimientos y las circunstancias que le rodean:
la soledad, el dolor, el alcohol, los hombres, el cine, la pintura, la
política…
Pero al final, lo que más importa es escribir. Marguerite Duras dice
al respecto, en La vida material, ese libro que no es libro según su
advertencia inicial, y, sin embargo, dice todo lo que debe decir sobre
uno mismo: “Cuando te pones a escribir, parece que entra en juego
una especie de instinto. El escrito ya está en la noche. Es como si
escribir estuviera fuera de uno mismo, en una confusión de tiempos:
entre escribir y haber escrito, entre haber escrito y haber de escribir
aun, entre saber e ignorar lo que es, partir del sentido pleno,
sumergirse en él y llegar hasta el no-sentido”, en efecto, es lo
contrario de contar historias, es contar una historia y la ausencia de
esta misa historia”. Como el viento.
Mas adelante, Duras recuerda que cuando escribía El amante, tenía
la sensación de descubrir algo, era más o menos así, eso pasaba en
medio de la escritura, como si se tratara de una revelación o de la
capacidad para recordar las palabras salidas de la embriaguez
alcohólica, una detrás de la otra formando una cadena inmensa de
palabras. Es contar una historia que sucede debido a su ausencia,
insiste, dibujando círculos que se destruyen y se crean Basta con
alterar una frase para que cambie el tema del libro, decía.
Por otra parte, a Duras se le considera como una figura icónica y
pionera incansable de la causa feminista, partidaria del aborto y la
equidad de género, aunque su obra no constituye en modo alguno un
alegato, ni mucho menos una consecuencia de las teorías o distintas
las corrientes que le componen, las mujeres ocupan un lugar
preponderante en su obra, pero aclara: “Lo que no he dicho es que
todas las mujeres de mis libros, sea cual sea su edad, derivan de El
arrebato de Lol V. Stein, es decir, de cierto olvido de sí mismas.
Todas tienen los ojos claros. Todas son imprudentes e incautas.
Todas tienen vidas desgraciadas. Son muy temerosas, les dan miedo
las calles y las plazas, y no esperan ser felices nunca. Todas las
mujeres de esa procesión de mujeres de mis libros y de mis películas
se parecen, desde La mujer del Ganges hasta la última Lol V. Stein,
la de ese guion que perdí, recuerda.” Ella es la que se vende mejor,
dice, luego de constatar que ha sido editada numerosas veces, su
pequeña loca. Pero no se acuerda de porqué se le ocurrió hacer una
nueva versión, era “exactamente como una de aquellas visiones que
tenía durante el periodo de desintoxicación alcohólica”.
Por cierto, Marguerite Duras además de ser alcohólica no tenía
inconveniente en escribir acerca de su alcoholismo, así lo hace en La
vida material, el extraño libro al que nos hemos referido antes. En
sus páginas se puede encontrar un capítulo entero dedicado al
alcohol, con es título precisamente. Una mujer que bebe, “es como si
bebieran un animal o una niña”. El alcoholismo se vuelve
escandalosos cuando es una mujer la que bebe. Y nos cuenta todo
como otra historia, esta vez la suya sin la mediación de sus
personajes: “El alcohol hace resonar la soledad y termina por hacer
que se lo prefiera antes que cualquier otra cosa”. Me ha impactado
esa frase por su claridad: “antes que cualquier otra cosa”, lo que,
dicho por alguien como Marguerite, seguramente quería decir, en
verdad, muchas otras cosas, intensas y esenciales.
Más adelante, Duras toca fondo a su manera, esto es: de una manera
descarnada, en efecto, sin filtros de ninguna índole, cuando dice:
“Lo que impide que acabes contigo cuando enloqueces a causa de la
embriaguez alcohólica es la idea de que una vez que hayas muerto
no podrás beber más”. Le siguen unas cuantas palabras, son pocas,
pero dolorosamente frías. “hasta la cirrosis y los vómitos de
sangre”. Desde que comenzó a beber, confiesa, se convirtió en una
alcohólica: “Yo formo parte de esos alcohólicos que empiezan a
beber de nuevo a partir de una mera copa de vino”. El alcohol para
ella es la calle, el asilo y los otros alcohólicos, cuando deja de beber
siente simpatía y una cálida atracción por la alcohólica que era, hasta
una de tantas interrupciones inútiles. “no hay consuelo para el que
deja de beber”, concluye lastimosamente.
Duras se refiere a ella y a los otros alcohólicos y a quienes le han
ofrecido auxilio, usando una familiaridad completa. Ser un adicto al
alcohol es, afirma, algo verdaderamente simple, lo más simple que
hay: “estamos ahí donde el sufrimiento no puede hacer sufrir”.
Pero, como siempre, al final, nos sorprende con una reflexión
compleja: “Un cuerpo alcohólico funciona como una central, es
decir, como un conjunto de compartimentos comunicados entre sí
por la persona entera. El cerebro es el primero que queda atrapado.
Me refiero al pensamiento. La felicidad, gracias al pensamiento
primero, y luego, el cuerpo. Éste es invadido, empapado poco a
poco, y transportado. Es la palabra: transportado. A partir de cierto
momento, se puede elegir. Beber hasta la insensibilidad y la pérdida
de identidad, o quedarse a las puertas de la felicidad. Morir de algún
modo cada día, o bien seguir viviendo”. Uno mismo jamás sabe que
es alcohólico: “En un cien por ciento de los casos la noticia se recibe
como un insulto, y contestas: -si me dices eso, es porque me odias-.
En cuanto a mí, el mal estaba ya muy avanzado”.
En su colección de historias personales, incluidas en La vida
material (1988), aparece un episodio desgarrador sobre su
alcoholismo, se titula Octubre del 82, ahí consigna: “Durante los
últimos mese para desayunar yo ya no bebía café sino directamente
whisky o vino. A menudo después del vino, vomitaba -el vómito
pituitario de los alcohólicos por las mañanas- vomitaba el vino que
acababa de beber y volvía de inmediato a seguir bebiendo”. Fue
entonces cuando sus amigos le convencieron de internarse para
intentar de nuevo un tratamiento, era octubre de 1982: “se ha de
procurar siempre que las cosas peligrosas no caigan en vuestras
manos, no cuesta nada volver a empezar”, le dijeron.
Luego de una agria disputa acerca del guion con Jean-Jaques
Annaud, el director de la versión cinematográfica de El amante
(1984), para muchos una obra maestra, Marguerite quedó
sumamente inconforme al grado de romper sus relaciones de trabajo
y de amistad con el director del filme, llegando a renegar de su
propia novela, de la que dijo: “El amante es una mierda. Es una
novela de quiosco de estación. La escribí borracha. Lo que todos
coincidimos en considerar un exabrupto. No obstante, Marguerite,
fiel a su carácter y sus destellos, escribió a continuación El amante
de la china del norte (1991), para expiar sus remordimientos y
saldar cuentas consigo misma.
Duras mantuvo un firme desprecio por la opinión pública, lo que le
permitiría, siempre, expresarse abiertamente y sin tapujos. Así
entendía su libertad para escribir acerca del sexo y sus secuelas. El
cuerpo de los escritores no puede disociarse de lo que escriben. Los
escritores despiertan la sexualidad a su alrededor, proclamaba: “Es
como si los hombres se acostaran con nuestra cabeza y penetraran
nuestra cabeza al mismo tiempo que nuestro cuerpo” (…) “Nunca he
podido concebir la sexualidad sin la inteligencia, ni la inteligencia
sin una especie de ausencia de sí mismo”. De ahí, sigue su
compromiso con los libros, en donde puede encontrarse el contraste
doloroso de la pasión, el amor inalcanzable, el deseo y el
sufrimiento no es otra cosa más que la historia de dos personas que
se aman y que lo hacen sin escrúpulos, sin límites, sin miramientos.
Para Marguerite Duras, escribir es suspender el tiempo de quien
escribe y de quien lee. Es la historia del amor que se cuenta través
de la vida de las personas que comen, duermen, se besan, discuten,
se reconcilian, hacen intentos de suicidio o lo logran, sienten
ternura, se dejan y vuelven, hablan de muchas cosas, hacen el amor
o no hacen nada. Ella siempre ha vivido, dice, sin ninguna
posibilidad de adoptar un modelo, cualquiera que este pudiera ser.
Como el viento.
La gran escritora Marguerite Duras cuenta, en alguna parte, una
anécdota que creo la pinta de cuerpo entero: “Una vez, en un avión,
coincidí con un señor que no me respondía a ninguna pregunta,
nada. Le dejé estar. Pensé que no le resultaría simpática. No se me
ocurrió que tal vez no supiera quien era yo. Pero cuando se marchó
me dijo: hasta la vista, Marguerite Duras. De manea que no me
había equivocado. No había querido hablar conmigo y basta”.
Marguerite Duras, novelista, periodista, guionista y directora de cine murió
a los 81 años, el 3 de marzo de 1996, en su departamento del número
cinco de la calle Saint-Benoit, en París, a consecuencia de un cáncer
de esófago, sus restos descansan en el cementerio de Montparnasse.
Nunca dejó de escribir, escribir…
“Te dije también que escribir sin corrección, no necesariamente de
prisa, a toda velocidad, no, sino según uno mismo, y según el
momento que atraviesa uno mismo, lanzar la escritura fuera,
maltratarla casi, sí, maltratarla, no quitar nada de su masa inútil,
nada, ni rapidez, ni lentitud, dejarlo todo en su estado de aparición”.
Como en el último párrafo de Emily L. Así, como el viento.